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ACTITUD/APTITUD

Por Consol Iranzo CEO de Karisma

Tengo que confesar que, antes de escribir esta tribuna, he estado dudando sobre qué tema podría ser de interés para los lectores. Finalmente me he decidido por uno que, aunque puede que ya haya sido tratado en diversos foros, en estos momentos, y por diversos motivos, es para mí un motivo de reflexión que me gustaría poder compartir con vosotros. Me refiero a la importancia de tener una determinada actitud para gestionar las situaciones a las que nos enfrentamos.

La palabra actitud, que proviene del latín actitudo, tiene un sinfín de definiciones pero, creo que la que aglutinaría todas ellas es “la disposición de querer hacer”. En esta disposición pueden influir diversas variables como son los valores, las motivaciones, la voluntad, las emociones, el factor cultural y también la experiencia adquirida.

Es preciso no confundirla con la aptitud, del latín aptus (“capaz de”), que es la capacidad de la persona para realizar adecuadamente una determinada labor y que está estrechamente relacionada con las habilidades tanto innatas como adquiridas fruto del aprendizaje.

Una vez escuché que “la aptitud es el talento y la actitud el temperamento”. Es decir, la aptitud es lo que sabes y la actitud es qué haces con lo que sabes. La verdad es que considero que esta explicación clarifica el significado de ambos vocablos.

Y, ¿por qué estoy reflexionando sobre este tema? Cada vez que observo a alguna persona con aptitud (es decir, con talento para realizar algún trabajo) pero sin el mínimo interés para ejecutarlo de una forma óptima, mi primera reacción es de sorpresa y también, por qué no admitirlo, de incomprensión. Afortunadamente, el siguiente paso que doy es tratar de entender el por qué.

Estoy convencida de que deben concurrir infinidad de razones que, seguro, ya son tema de estudio. De todas formas, y aún a costa de simplificar el tema, basándome en mi experiencia, he podido observar que existen algunas situaciones que son habituales. Pongo algunos ejemplos: No tener interés en realizar ningún esfuerzo y pensar que “la ley de mínimos es suficiente”; no tener presente las demandas constantes y dinámicas del entorno que hacen que sea totalmente imprescindible estar actualizado en tu propio trabajo; no querer “complicarse la vida”; no gustar el trabajo que se hace o dónde o con quién…

Bajo mi punto de vista, y sin desvalorizar las otras ya mencionadas, la base crítica que sustenta todas estas actuaciones son las motivaciones. No podemos olvidar que la etimología de esta palabra es motivus (movimiento) y el sufijo -ción (acción y efecto).

Según Maslow, lo que motiva a las personas es una jerarquía de necesidades, que están representadas por una pirámide y cuya base son las necesidades fisiológicas: aire, agua y comida (a las que, parece ser, se está sumando una cuarta… la necesidad de tener WIFI!!)

Si, según la teoría de Maslow, la meta de las personas sería poder llegar a lo más alto de la pirámide que es lo que él denomina como “autorrealización” (es decir, la satisfacción de las necesidades humanas que consiste en desarrollar nuestro potencial humano y entre otras cosas saber vivir el presente con felicidad), ¿qué provoca que haya personas que no se planteen que es lo que pueden y tienen que hacer para alcanzar esa cumbre?

Personalmente me entristece ver que personas que han recibido un regalo tan generoso, como es el tener aptitud, lo tiran por la borda por no poner un mínimo esfuerzo en algo que para ellos seguramente sería sencillo, mientras otras, con una clara determinación, voluntad y probablemente más esfuerzo, alcanzan lo que se proponen.

Pienso que las personas que no muestran actitud, como las que he descrito con anterioridad, habitualmente no están realmente satisfechas y en algunos casos acostumbran a entrar en la fase de la queja, que siempre es hacia el exterior (otras personas, entorno...), pero no se plantean qué grado de responsabilidad tienen en lo que están viviendo y cómo un cambio en su actitud, algo que sólo y únicamente pueden hacer ellas, les podría hacer poner en movimiento y actuar para buscar y encontrar su propio camino y, de esta forma, poder alcanzar su propio estadio de felicidad.

No se trata de alcanzar posiciones jerárquicas en una compañía; no estoy hablando de esto. A lo que me refiero es que creo que es totalmente indispensable que cada persona se plantee qué quiere en esta vida y, a partir de ese análisis y con una actitud positiva, sea el verdadero protagonista de un cambio que, a buen seguro, le ha de proporcionar un nivel alto de satisfacción. Hay que tener presente que la fuente de la satisfacción es tomar acción, enfocarse en hacer que las cosas sucedan. Es decir, que cada persona lidere su propio destino y sea responsable de las consecuencias de sus decisiones.

Para terminar me gustaría recordar el siguiente verso del poema Invictus del poeta William Ernest Henley (1849-1903): “Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”.



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